

El término “mundo profano”, en el lenguaje de la Francmasonería, constituye una noción fundamental que, lejos de toda interpretación peyorativa, responde a una estructura simbólica precisa y a una finalidad pedagógica claramente definida. Su comprensión adecuada resulta indispensable para todo iniciado que aspire a situar correctamente su trabajo dentro del marco de la tradición. Desde el punto de vista etimológico, la palabra “profano” procede del latín profanus, derivado de pro (delante) y fanum (templo), es decir, “lo que está fuera del templo”.1 Esta definición, recogida en fuentes lexicográficas académicas, establece con claridad que el término no implica degradación ni juicio moral alguno, sino simplemente una delimitación espacial y simbólica entre lo interior y lo exterior. En el contexto masónico, el mundo profano designa el ámbito de la vida ordinaria: el espacio donde el individuo se desenvuelve en medio de responsabilidades, relaciones, intereses y tensiones propias de la existencia social. Es el terreno de la acción humana no iniciada, donde predominan —no por defecto moral, sino por condición natural— las influencias del entorno, la inmediatez de las necesidades y la diversidad de pasiones...
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